No seamos presa de la desesperación de quien no cree

El duelo causado por la muerte de un ser querido a la luz de la fe, la esperanza y la caridad cristianas

Seguimos aun en un contexto mundial de pandemia no favorable para la vida. Si bien los casos de vacunación esperanzan a muchos, y la reanudación de algunas actividades, antes comunes, ahora son posibles, aunque con protocolos antes insospechados, los casos de fallecimientos no cesan de acaparar nuestra atención.

Antes noticias así, sobrevienen varios sentimientos o estados psicológicos, ojo, ninguno reprochable, pero que sí estamos llamados a evidenciar en nosotros o en otros, para darnos o dar la atención necesaria, sea tristeza, soledad, duelo, miedo, ansiedad, etc.

¿Y algo podríamos aportar desde nuestra religión? Por supuesto, siempre considerando la experiencia de fe alcanzada, es posible atender también la dimensión profunda del corazón humano, donde las dudas podrían hacer flaquear las convicciones u olvidar a Dios, cuando, por ejemplo, un ser querido ha dejado de estar con nosotros.

En San Agustín se produjo un cambio respecto de su vivencia de la muerte de un ser querido a causa de su conversión a Cristo. Puedes comprobarlo al comparar sus reflexiones en torno a cómo vivió la muerte de un muy querido amigo suyo antes de su conversión (Confesiones 4, 4, 7-, 8, 13), con el relato de la muerte de su madre Santa Mónica, acaecida después de su conversión (Confesiones 9, 10, 26-13, 33). El Cristo Pascual, vencedor del pecado y de la muerte, fue para Agustín luz y fuerza para ordenar sus amores y, desde ese orden, iluminar la vivencia del duelo, el recuerdo de los que ya no están. Nosotros y nuestros difuntos estamos llamados a recibir la luz de Cristo que esclarece nuestras tinieblas, haciendo nuestros sus sentimientos y pensamientos. Así, no caeremos en la tentación de aislarnos del todo, hasta espiritualmente, de Dios y de los hermanos.

La resurrección es la prueba de la muerte y la muerte de Cristo significa el fin del temor. Nosotros no debemos ya tener miedo de morir: Cristo ha muerto por nosotros. Nosotros podemos morir ahora con la esperanza de la vida eterna: Cristo ha resucitado para que también nosotros resucitemos (Sermón 375/B, 1).

Podrían, esos momento, sacudirnos de ciertas experiencias religiosas, como cuando Dios sirve de refugio. En efecto, cuando las seguridades desparecen o se quiebran, ¿qué queda?, ¿qué experiencia de Dios sale de nuestro interior? Buscar a Dios en la muerte podría, así, ser una llave hacia una religiosidad libre de ataduras.

Finalmente, Agustín Pastor nos otorga algunos consejos, o mejor, criterios, para vivir el duelo desde la fe, esperanza y caridad cristianas. En el Sermón 396 (datado entre los años 412 y 419), presidiendo el funeral de un obispo joven muy amigo suyo, nos aconseja de la siguiente manera, llegado el momento de la pérdida:

1.- Ser agradecido por los consuelos humanos (que podrán estar o no), pero sin olvidar que, ante la muerte de un ser querido, se nos abre una experiencia para buscar a Dios y su consuelo.

2.- Comprender que la tristeza en estos casos es justificable, somos humanos; pero la esperanza cristiana, que brota de la fe, podría más bien redimensionarla hasta el punto de darle sentido.

3.- Reconocer, en los familiares que han sido buenos y que ya no están con nosotros, un ejemplo de vida que nos movilice hacia la santidad.

4.- Conservarlos en la memoria, para que nuestros corazones sean su verdadero mausoleo, su sepulcro vivo.

5.- Tener piedad por los difuntos: orar por él o ella, para que viva junto a Dios, para que sea feliz. Orar también por nosotros: que aprendamos a vivir con su recuerdo, para que seamos felices nosotros. Se trata de aquella felicidad puesta en Quien nadie nos puede arrebatar, si uno no lo permite.

Te invitamos a leer el corto y sentido Sermón agustino 396:

http://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/index2.htm