EL ADVIENTO: UN TIEMPO PARA VALORAR NUESTRO TIEMPO

Para san Agustín, que no celebraba el adviento como tiempo litúrgico, esperar la venida del Señor implicaba conjugar el verbo venir en pasado, en presente y en futuro, pues Cristo vino, viene y vendrá.

En efecto, las comunidades cristianas del África del Norte en tiempos de Nuestro Padre, incluida Hipona, no tenían la costumbre litúrgica de vivir un tiempo de preparación a la celebración de la Natividad del Señor, tal como nosotros lo vivimos.

Con todo, de san Agustín los agustinos rescatamos su mensaje en relación a la espera, la vigilia, la conversión y la alegría, que parten de la fe en Cristo narrada en las Escrituras y experimentada por los creyentes, cuando Dios acontece, muestra su rostro de amor, y genera experiencias que marcan nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

El Señor vino, es decir, marcó nuestra historia con la preparación y venida de su Hijo, por medio de la encarnación, así como en nuestra vida también se ha hecho presente para quedarnos en nuestra memoria y llenar nuestro recuerdo de su presencia, para peregrinar cada día hacia Él.

El Señor vendrá, es decir, nos invita a esperarlo. ¿Cómo así? Pues su presencia en nuestra memoria y su acontecer en nuestro presente están llamados a una plenitud aun mayor, hacia el final, cuando Él vuelva y haga nueva todas las cosas, acogiendo a sus siervos fieles y salvándonos definitivamente.

 

Creemos en dos venidas del Señor,

pasada una, que los judíos no notaron,

futura otra, que judíos y gentiles esperamos

(Comentario al Salmo 9, 1)

 

Vino una primera vez;

y vendrá después una segunda a juzgar la tierra,

y encontrará jubilosos a los que creyeron en su primera venida, 

porque viene

(Comentario al Salmo 95, 14)

 

El Señor viene, es decir, sale a nuestro encuentro hoy, se hace presente para recordarnos sus promesas, fortalecer nuestra fe y esperanza, y también exigir nuestra caridad, pues su presencia en quien adviene a nosotros como necesitado, expresa su presencia en medio de nosotros, al punto de esperar nuestra respuesta y propuesta de que nuestro testimonio genere para su vida la justicia y la paz que lo dignifique.

San Agustín, en sus predicaciones insiste en que

 

Temo a Jesús,

en cuanto pasa

y en cuanto permanece

(Sermón 88, 13)

 

Así pues, nuestras decisiones son causas de efectos en nuestra vida. Que nuestra voluntad esté fortalecida por Dios para querer y decidir por el bien, que es la misma voluntad de Dios, sus planes y sentimientos, revelados en su Hijo, y que con la fuerza del Resucitado, que es su Espíritu Santo, vivamos este Adviento con la insistencia de recordar agradecidos, nuestra vocación a vivir comprometidos y esperar preparados, vigilantes.