EXPERIMENTAR EL AMOR DE DIOS: CLAVE DE LA CONVERSIÓN SEGÚN SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, HIJO DE SAN AGUSTÍN

Así como complacía al Señor con oraciones, así agradaba al prójimo con obras de piedad. Visitaba a los enfermos, compartiendo sus sufrimientos, de tal modo que cuanto estimaba deleitable para ellos, lo conseguía y se lo daba
(De la Vida de san Nicolás, presbítero, de Pedro de Monterubbiano)

San Nicolás (1245-1305) tuvo un cuidado extremo por su relación con Dios y con el prójimo, por lo cual vivió en comunidad los signos de la pobreza, la oración y la penitencia, según la Regla de San Agustín. Vivía siempre “sonriendo” y difundía serenidad y alegría, como frutos de sus largo momentos dedicados a la oración y al ayuno.

Cuando los pobres visitaban el convento de Tolentino. Nicolás les ofrecía alimento y ropa hasta el punto de descuidar su cuidado personal. Pero también era sensible a las necesidades espirituales, por lo que iba al encuentro, oraba y daba consejo. Así lo narra un hagiógrafo:

Tratando con sanos y enfermos, no se saciaba de predicar y hablarles continuamente de la dulzura admirable de la palabra de Dios. Se compadecía también de los espiritualmente enfermos, de modo que rezaba por los pecadores que con él se confesaban para librarles de las tinieblas de los pecados. Amaba a los pobres y los favorecía con palabras y con obras, adquiriendo para ellos vestidos y alimentos. A los hermanos huéspedes los recibía con agrado, como ángeles de Dios. Era alegría para los tristes, consuelo para los afligidos, paz para los desunidos, reposo para los cansados, amparo para los pobres, remedio especial para los cautivos.

Resplandecía tanto en la caridad, que juzgaba ganancia morir no solamente por Cristo, sino por el prójimo. El alimento y vestuario que hubiere, lo consideraba escaso para sus hermanos, mientras que él se contentaba con poco. Por gracia de esta virtud, no buscaba las cosas que eran suyas, sino las de Jesucristo, y anteponía no las cosas propias a las comunes, sino la comunes a las propias, siendo un fiel cumplidor de la regla del santo padre Agustín. Sus palabras, que procedían de un corazón lleno de caridad, no eran ociosas ni superfluas ni vanidosas, sino que estaban siempre llenas de piedad edificante y de honestidad.

(De la Vida de san Nicolás, presbítero, de Pedro de Monterubbiano)

Para los agustinos, celebrar la fiesta de San Nicolás, primer santo de la Orden, significa renovar el compromiso, a la luz del carisma recibido, de buscar a Dios y servir al prójimo. Si bien los tiempos han cambiado, el envío y el testimonio están siempre presentes. ¡Salir al encuentro, primerear, acoger, ofrecer el propio testimonio!