PREPARAR: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te de luz para entender las escrituras.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén. 

LEER:

¿Qué me dice el texto? 

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Se los aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Palabra del Señor, 

Gloria a ti, Señor Jesús

MEDITAR CON SAN AGUSTÍN

Para enseñarnos que aun el mismo creer es don y no merecimiento, dice: les aseguro, nadie viene a mí sino aquel al que se lo haya concedido mi Padre. Trayendo a la memoria lo que antecede, hallaremos que en la misma circunstancia en que el Señor dijo esto, había dicho también: Nadie viene a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae. No empleó el verbo guiar, sino atraer [arrastrar]. Esta violencia se le hace al corazón, no al cuerpo. ¿Por qué, entonces, te extrañas? Cree, y vienes; ama, y eres arrastrado. No pienses que se trata de una violencia brusca y molesta; es dulce, es suave; es la misma suavidad lo que te arrastra. Cuando la oveja tiene hambre, ¿no se la atrae mostrándole hierba? Y juzgo que no se la empuja físicamente, sino que se la guía con el deseo 6. Ven también tú a Cristo así; no pienses en largos recorridos: creer es venir. En efecto, a quien está en todas partes, no se llega navegando, sino amando. Pero, como también en ese viaje abundan los oleajes y las borrascas de las diversas tentaciones, cree en el Crucificado para que tu fe pueda subirse al madero. No te hundirás, sino que te trasportará el madero. Así, así navegaba por entre las olas de este mundo quien decía: Lejos de mí gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (San Agustín, Sermón 131, 2). 

PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL:

¿Vives la Eucaristía como el momento central, fundamental y existencial de tu fe?, ¿de qué manera? ¿Das espacio al Señor para que su presencia en ti, te transforme y te edifique?

COMPROMISO:

Participa de la celebración eucarística con frecuencia y prepara tu interior con la confesión para recibir a Jesús.

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN: 

La casa de mi alma es demasiado pequeña para acogerte, Señor. Hazla más grande. La casa de mi alma amenaza ruina. Restáurala, Señor. Lo sé, reconozco que da pena verla. ¡Está tan destartalada! ¿Quién será capaz de arreglarla? Ciertamente, yo no. ¡Sólo tú puedes arreglarla y limpiarla! Puesto que así lo creo, por eso me dirijo a ti. ¡Y.. tú lo sabes, Señor! – LA CASA DE MI ALMA (Conf. 1,5,6)

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