PREPARACIÓN: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te dé luz para entender las Escrituras.

 

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

LECTURA:

¿Qué me dice el texto?

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (14, 23-29):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy a su lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les lo enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Ustedes me han oído decir: «Me voy y vuelvo a su lado». Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se los he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigan creyendo».

Palabra del Señor,

Gloria a ti, Señor Jesús

 

MEDITACIÓN CON SAN AGUSTÍN:

Tú me dices: «Muéstrame a tu Dios». Yo te respondo: «Vuelve los ojos por un momento a tu corazón». «Muéstrame -dices- a tu Dios». «Vuelve los ojos por un momento-repito- a tu corazón». Quita de él lo que veas en él que desagrada a Dios. Dios quiere venir a ti. Escucha al mismo Cristo el Señor: Yo y el Padre vendremos a él y estableceremos nuestra morada en él (Jn 14, 23). He aquí lo que te promete Dios. Si te prometiera venir a tu casa, la limpiarías: Dios quiere venir a tu corazón, ¿y eres perezoso para limpiarle la casa? No le gusta habitar en compañía de la avaricia, mujer inmunda e insaciable, a cuyas órdenes servías tú que buscabas ver a Dios. ¿Qué hiciste de lo que Dios te ordenó? ¿Qué no hiciste de cuanto la avaricia te mandó? ¿Cuánto hiciste de lo que Dios te ordenó? Yo te muestro lo que hay en tu corazón, en el corazón de quien quiere ver a Dios. Había dicho antes: «Aunque tengo qué mostrar, no tengo a quién». De lo que te mandó Dios, ¿cuánto hiciste? De lo que te mandó la avaricia, ¿cuánto dejaste para más tarde? Te ordenó Dios vestir al desnudo, y te pusiste a temblar; te mandó la avaricia que despojases al vestido, y perdiste los estribos. Si hubieses hecho lo que Dios te mandó, ¿qué voy a decirte? ¿Que tendrías esto y aquello? Tendrías a Dios mismo. Si hubieras hecho lo que Dios te mandó, tendrías a Dios. Hiciste lo que te ordenó la avaricia: ¿qué tienes? Sé que has de decirme: «Tengo lo que sustraje». Tienes, pues, por haber quitado. -¿Tienes algo contigo, tú que te has perdido a ti mismo?- Sí, -dices. -¿Dónde, dónde? Dímelo, te lo suplico. -Ciertamente o en mi casa, o en la cartera, o en un arca; no quiero decir más. -Dondequiera que lo tengas, ahora no lo tienes contigo. Ciertamente piensas tenerlo ahora en el arca; quizá lo has perdido y vives en la ignorancia; quizá cuando vuelvas no encuentres lo que dejaste allí. Busco tu corazón; te pregunto por lo que tienes en él. Advierte que llenaste tu arca e hiciste añicos tu conciencia. Ve a un hombre lleno y aprende a estar lleno: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; como plugo al Señor, así sucedió; sea bendito el nombre del Señor (Jb 1, 21). Y había perdido todo. ¿De dónde, pues, sacaba estas piedras preciosas de alabanza al Señor? (Sermón 261, 5).

 

REFLEXIÓN Y COMPROMISO:

ORACIÓN FINAL:

Bienaventurado el que te ama a ti, Señor, y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque únicamente no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse. Y, ¿quién es éste sino nuestro Dios, el Dios que «ha hecho el cielo y la tierra»? Nadie, Señor, te pierde, sino el que te deja  (Confesiones 4, 9, 14).

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