17 DE OCTUBRE – DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

PREPARAR: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te dé luz para entender las Escrituras.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Oh Dios Padre, que nos has revelado el misterio sublime de tu bondad enviando al mundo a tu Verbo, Palabra de Verdad, y a tu Espíritu santificador, concédenos la plenitud de la fe que reconoce y adora la presencia del único Dios. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

LEER:

¿Qué me dice el texto?

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10, 35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».

Les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó: «Ustedes no saben lo que piden, ¿son acaso capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos».

Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y serán bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Ustedes, nada de eso: el que quiera ser grande, sea el servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Palabra del Señor,

Gloria a ti, Señor Jesús

MEDITAR CON SAN AGUSTÍN:

Dos discípulos de nuestro Señor, los santos e ilustres hermanos Juan y Santiago, conforme leemos en el Evangelio, desearon obtener del Señor nuestro Dios el sentarse en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. No anhelaron ser reyes de la tierra, no desearon recibir de nuestro Señor honores perecederos, ni ser adornados con riquezas, ni poder alardear de muchos esclavos, ni recibir el honor de parte de sus protegidos, ni ser embaucados por aduladores, sino que buscaron algo grande y estable: ocupar unos tronos que nadie más que ellos ocuparán. ¡Gran cosa desearon! No fueron reprendidos en su deseo, pero fueron encaminados hacia un orden. El Señor vio en ellos un deseo de grandeza y se dignó enseñarles el camino de la humildad, como diciéndoles: «Consideren a lo que aspiran, consideren quien soy yo para ustedes; y, con todo, yo, que soy su creador, descendí hasta ustedes, yo me humillé por ustedes». Las palabras que les estoy diciendo no se leen en el Evangelio, pero con ellas expreso el sentido de lo que se lee en él. Les invito ahora a considerar las palabras del Evangelio para que consideren que lo que les he dicho tiene allí su origen, como si aquellas palabras fueran la raíz y las mías, las ramas. Así, pues, una vez que el Señor escuchó su petición, les dijo: ¿son acaso capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Ustedes desean sentarse a mi lado; contéstenme antes lo que les pregunto: ¿son acaso capaces de beber el cáliz que yo he de beber?  A ustedes, que buscan los puestos de grandeza ¿no les resulta amargo el cáliz de la humildad? Con todo, donde se impone un precepto duro, aparece un gran consuelo. Pues los hombres rehúsan el cáliz de la pasión, el cáliz de la humillación; rehúsan beberlo. Si buscan las alturas, amen la hondura, pues desde lo bajo se llega a lo alto. Nadie construye un edificio elevado si no ha puesto cimientos profundos. Hermanos míos, consideren todas estas cosas; que ellas sirvan de instrucción y edifiquen su fe, para que consideren el camino por el que han de llegar a lo que desean. Lo conozco y lo sé: no hay ninguno de ustedes que no desee la inmortalidad, la eterna sublimidad y el estar en compañía de Dios. Todos lo deseamos (Sermón 20 A, 6-8).

PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL:

Entre el evangelio del domingo anterior y el de este domingo, en los versículos 32-34 del capítulo 10 de Marcos, Jesús anuncia por tercera vez su pasión y resurrección. El autor del evangelio no se cansa de repetirnos el desenlace de su escrito, aun antes de desarrollarlo. ¿Será porque es el centro de su relato? ¿Será que la Pascua es la clave de lectura de su evangelio? Nosotros lo podremos tener claro, pero siendo sinceros, estamos necesitados de que se nos lo recuerde a menudo. En efecto, nuestra mentalidad y estilo de vida podrían causarnos una amnesia culpable o un acomodo de perspectivas, a modo de una inercia de ambiciones temporales cuyo movimiento termine siendo justificado porque pedimos a Dios que las bendiga, en vez de convertir nuestros caminos hacia Él, en el servicio a los demás, para buscarLe a Él por sobre todo, reconociendo que ese es el fin de nuestros deseos, tal como nos lo expresa san Agustín en su sermón.

Esto, al parecer, sucedió con los hijos de Zebedeo. Ellos, en un momento de su caminar con Jesús, deciden “pedir” movidos por intereses personales y con cierta ambición que no reflejan el hecho de seguir a uno que será crucificado. Su opción parece ser otra: ellos “piden” sin poner atención a lo que el seguimiento de Jesús “les pide”. Jesús dialoga con ellos, para que consideren su deseo, se confronten con Él y decidan verdaderamente caminar con quien no promete éxitos, ni fama, ni honores, ni poder, ni dinero: ¡eso no lo encuentras en la cruz! ¡¡Y tampoco en el reino de Dios!! Una pregunta sobrevuela para aterrizar en tu corazón: y tú, ¿estás de acuerdo con que el camino de la gloria es el camino de la cruz?

A continuación, Jesús responde al enojo de sus discípulos, causado por la ambición de los hermanos, con unas palabras reconciliadoras. Los reúne en torno a Él (pues solo así, mirándolo y experimentándolo presente en el centro, entre nosotros y en cada uno de nosotros, el perdón sanador puede surgir) y les invita a ser los primeros en el servicio y en la entrega. La justificación es clara: aquel a quien siguen y llaman Maestro y Mesías, es el modelo, pues ha logrado servir y entregarse al punto de ser víctima de abusos, manipulaciones y opresión, sin caer en la tentación de hacer lo mismo. Y así se esclarece finalmente que el camino de la cruz, si bien expresa sufrimiento, es claramente un camino de servicio.

Caminar con Cristo es así de exigente. Será porque la meta es la santidad de Dios.

COMPROMISO:

Este evangelio nos invita a ser ordenados y a utilizar la “medida” de Cristo para discernir nuestros apetitos de bienestar o también nuestras dinámicas familiares, laborales y comunitarias. El seguimiento de Cristo es tal que no permite correr hacia la gloria sin pasar, a su tiempo, por la cruz. Piensa en estos días si tu autoridad o liderazgo en casa o en el trabajo oprime en vez de estar al servicio del crecimiento de otros. Piensa si tus relaciones sociales y crecimiento profesional están solo barnizados de religiosidad, o si más bien los vives de tal modo que reflejen con claridad tu opción por Cristo, modelo de servicio. Recuerda seguido y teme que tus deseos de honor y poder podrían hacer de ti un peso y un obstáculo para que los demás se encuentren con Dios.

Si hay algo que cambiar en tus dinámicas en torno a ti, ¿no crees que ya es el momento?

Cristo pide ser acompañado… no promete sino estar contigo. ¿No te basta su presencia? Caminar con él implica ritmo, practicar paciencia, esperar. ¿No te bastan sus promesas? No des más importancia a los añadidos o a tus apuros, despreciando lo esencial: tenerlo como Dios y servir al hermano.  ¡¡Que Su Presencia bendiga tu semana!!

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN:

Nosotros, Señor, somos tu pequeña grey. Tú nos posees. Extiende tus alas para que nos refugiemos bajo ellas. Tú serás nuestra gloria. Por ti seamos amados y tu palabra sea temida en nosotros (Confesiones 10, 36, 59).

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