16 DE ENERO – DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

PREPARACIÓN: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te dé luz para entender las Escrituras.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Oh Dios Padre, que nos has revelado el misterio sublime de tu bondad enviando al mundo a tu Verbo, Palabra de Verdad, y a tu Espíritu santificador, concédenos la plenitud de la fe que reconoce y adora la presencia del único Dios. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

LECTURA:

¿Qué me dice el texto? 

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

Lectura del santo evangelio según san Juan (2, 1-11):

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:

«No tienen vino».

Jesús le dice:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dijo a los sirvientes:

«Hagan lo que él les diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dice:

«Llenen las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les dijo:

«Sáquenlas ahora y llévenlas al mayordomo».

Ellos se las llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al esposo y le dijo:

«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. 

Palabra del Señor, 

Gloria a ti, Señor Jesús 

MEDITACIÓN CON SAN AGUSTÍN:

¿Por qué, pues, dice el hijo a la madre: Qué tengo yo contigo, mujer. Aún no llega mi hora? Nuestro Señor Jesucristo era Dios y asimismo hombre; en cuanto que era Dios, no tenía madre; en cuanto que era hombre, la tenía. Era, pues, madre de la carne, madre de la humanidad, madre de la debilidad que él asumió por nosotros. En cambio, el milagro que iba a hacer, iba a hacerlo según la divinidad, no según la debilidad; en cuanto que era Dios, no en cuanto que había nacido débil. Pero lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Co 1, 25). La madre, pues, exigía un milagro; pero él, que iba a realizar obras divinas, parece no reconocer las entrañas humanas, como diciendo: «Tú no engendraste lo que de mí hace el milagro, tú no engendraste mi divinidad; pero, porque engendraste mi debilidad, te conoceré cuando esa debilidad misma cuelgue en la cruz». Esto, en efecto, significa: «Aún no llega mi hora», pues la conoció entonces quien absolutamente siempre la había conocido. Y antes de nacer de ella, en la predestinación había conocido a la madre; y antes de que él crease en cuanto Dios a esa de quien en cuanto hombre sería creado él, había conocido a la madre (Tratado sobre el evangelio de san Juan 8, 9).

REFLEXIÓN:

Nuestro evangelio ofrece el primero de siete «signos», que san Juan nos presenta para expresar la misión de Jesús: revelar a Dios (su ser y su voluntad), con acciones concretas; y San Agustín, en su comentario, nos proporciona la clave para no perder de vista que estas acciones son del Dios-hombre, gracias a la encarnación. En la Boda de Caná, en particular, el agua convertida en vino nuevo, mejor que el vino servido con anterioridad, realizado en un contexto matrimonial, feliz, pero de carencia, quiere «significar» la Nueva Alianza, es decir la renovación «matrimonial» entre Dios y el hombre en Jesús. Esta acción maravillosa se ubica en Galilea. Pero ahora bien puedes ubicarte en tu vida, donde Jesús obra también signos maravillosos para que tú, como discípulo suyo, seas fortalecido en la fe y en el seguimiento. Se trata, entonces de saber verlos, discernirlos, y agradecerlos, para crecer junto con los hermanos. Él ha sido enviado a tu vida para ofrecerte la novedad de un encuentro y el «vino nuevo» de su Palabra y de la Eucaristía como alimentos cargados con la novedad de Dios.

COMPROMISO:

Si tanto bien hemos recibido, ¿cómo privar a otros de esta novedad del «Dios con nosotros»? ¿Te animas a seguir el modelo de María? ¿Nos comprometemos a forjar en nosotros actitudes de atención y servicialidad, desde la discreción, para recomendar a los cercanos, de palabra y con el ejemplo, a seguir la voluntad de Dios? El fruto de ello es la alegría, la unión en el mismo amor y la paz; pero ojo, todo ello en un marco religioso, donde Dios es el origen y sostén. ¿Qué acción concreta podrías ofrecer?

ORACIÓN FINAL:

Nosotros, Señor, somos tu pequeña grey. Tú nos posees. Extiende tus alas para que nos refugiemos bajo ellas. Tú serás nuestra gloria. Por ti seamos amados y tu palabra sea temida en nosotros (Confesiones 10, 36, 59).

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