13 DE FEBRERO – DOMINGO 6.º DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

PREPARACIÓN: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te dé luz para entender las Escrituras.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Te pedimos, Señor, que llenes nuestros corazones con la luz del Espíritu Santo, para que te busquemos en todas las cosas y cumplamos con gozo tu voluntad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

LECTURA:

¿Qué me dice el texto?

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6, 17.20-26):

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque de ellos es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Dichosos los que ahora lloran, porque reirán. Dichosos ustedes, cuando sean odiados los hombres, excluidos, e insultados, y sean proscritos su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y llorarán. ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas».

Palabra del Señor,

Gloria a ti, Señor Jesús

MEDITACIÓN CON SAN AGUSTÍN:

Oigamos a aquel que dice: Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu (Ecl 1, 14); ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad (Sal 148, 8). ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica (1 Co 8, 1). También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. Y no debía comenzar la bienaventuranza de otro modo, dado que debe llegar a conseguir la suma sabiduría. En efecto, el principio de la sabiduría es el temor del Señor (Eci 1, 16), puesto que, por el contrario, está escrito que el principio de todo pecado es la soberbia (Ecli 10, 13). Por consiguiente, los soberbios apetezcan y amen los reinos de la tierra: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (El Sermón en la montaña I, 3).

REFLEXIÓN:

Nuestro evangelio consiste en el inicio del llamado «sermón del llano», que se prolonga por todo el capítulo 6 de Lucas y es el equivalente al «sermón de la montaña» en Mateo (Mt 5-7). Se ubica a continuación de la elección de los doce apóstoles (6, 12-16), realizada después de haber permanecido en una montaña toda la noche, orando a Dios. Jesús, desciende al llano y, ante un público diverso y atento a su palabra, comparte el estilo de vida propuesto a quienes él llama y desean seguirle. Y comienza por exponer dónde estos deben buscar la felicidad.

El reino sin fin de Dios, que acontece con la presencia de Jesús (Lc 1, 33) y que él anuncia (Lc 4, 43), implica vivir, junto con los hermanos, la alegría de optar por la atención del pobre, del hambriento, del triste. El reino es de ellos. La causa de los desfavorecidos en el mundo es la causa de Dios. Quien no lo entiende y no lo vive sufre del orgullo de pensar en sí, en sus honores y privilegios, en sus bienes, en lo material, y de haber puesto su felicidad en todo ello; por temor a perderlo, no dudará en practicar violencia (de palabra y de obra) con quienes predican y viven diferente. Los apóstoles están llamados a anunciar que el rico debe ser pobre para acceder al reino de Dios; también, a lamentarse, si el rico no cambia su actitud y estilo de vida; y, además, a soportar la violencia que esto podría acarrear. Vale recordar lo que pasó con Jesús: a quién fue cercano, qué enseñaba y, sobre todo, cómo terminó su vida.

El sermón agustino nos muestra que la enseñanza y estilo de Jesús es el cumplimiento de la ley y de la sabiduría antiguas. Se trata del mismo plan. Se trata del mismo autor y de su voluntad que no cambia. Se trata de alejar de todos la soberbia que inclina hacia las cosas temporales y materiales, hacia los bienes privados, pues este vicio aparta el corazón de Dios. Más bien, la tensión de la predicación y del testimonio cristianos tienen como fin reconocer la humildad de Cristo como ideal. Seguirle en su humanidad y en su divinidad, en su estilo cercano y exigente, que nos inclina hacia lo espiritual, los bienes comunes, la eternidad. Por eso los pobres son felices: no se trata de romantizar la indigencia, sino de cuidar el corazón para no ponerlo en planes humanos sino en la voluntad de Dios.

COMPROMISO:

Podrías hoy renovar tu compromiso de vida: tu predicación y testimonio desde la base de ser pobres del reino y seguidores de la voluntad de Dios. ¿Cómo asumir un estilo de vida cercano a los necesitados de bienes y de consuelo? ¿Por dónde podrías empezar para compartir con ellos?

ORACIÓN FINAL:

La casa de mi alma es demasiado pequeña para acogerte, Señor. Hazla más grande. La casa de mi alma amenaza ruina. Restáurala, Señor. Lo sé, reconozco que da pena verla. ¡Está tan destartalada! ¿Quién será capaz de arreglarla? Ciertamente, yo no. ¡Sólo tú puedes arreglarla y limpiarla! Puesto que así lo creo, por eso me dirijo a ti. ¡Y.. tú lo sabes, Señor! (Confesiones 1, 5, 6).

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