PREPARACIÓN: 

Pacificar el corazón: Date un espacio adecuado para la oración.

Invocar al Espíritu Santo: Pídele al Espíritu Santo que te dé luz para entender las Escrituras.

 

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Oh Dios, para quien todo sentimiento está patente, y a quien habla toda voluntad y para quien ningún secreto queda escondido, por medio de la infusión del Espíritu Santo purifica los pensamientos de nuestro corazón, para que podamos merecer amarte perfectamente y alabarte con dignidad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

LECTURA:

¿Qué me dice el texto?

Lee atentamente la lectura bíblica:  Ponte en contexto, fíjate en los personajes, acciones, sentimientos, etc.

Puedes encontrar la frase que te impacte y detente en ella.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (21, 1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades.

Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar».

Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice: «Muchachos, ¿tienen pescado?»

Ellos contestaron: «No».

Él les dice: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán».

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor».

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

Jesús les dice: «Traigan de los peces que acaban de coger».

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice: «Vamos, almuercen».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».

Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

Él le dice: «Pastorea mis ovejas».

Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».

Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Palabra del Señor,

Gloria a ti, Señor Jesús

 

MEDITACIÓN CON SAN AGUSTÍN:

¿Me amas? -Te amo. -Apacienta mis ovejas (Jn 21, 15). Y así una, dos y tres veces. Él no respondió sino que lo amaba; el Señor sólo le preguntó si lo amaba; al que le respondió afirmativamente sólo le encomendó sus ovejas. Amémoslas nosotros, y amamos a Cristo. Cristo, en efecto, Dios desde siempre, nació como hombre en el tiempo. Como hombre nacido de hombre, se manifestó como hombre a los hombres; en cuanto Dios en el hombre, hizo muchas obras maravillosas. Como hombre sufrió abundantes males de manos de los hombres; en cuanto Dios en el hombre, resucitó después de la muerte. […] Todo esto lo creemos, no lo vemos; y se nos ordena amar a Cristo el Señor, a quien no vemos; y todos proclamamos y decimos: «Yo amo a Cristo». Si no amas al hermano, a quien ves, ¿cómo puedes amar a Dios, a quien no ves? (1 Jn 4, 20). Demuestra que tienes amor al pastor amando a las ovejas, pues también las ovejas son miembros del pastor. Para que las ovejas se convirtiesen en miembros suyos, él mismo se dignó hacerse oveja; para que las ovejas fuesen miembros suyos, fue conducido al sacrificio como una oveja (cf. Is 53, 7); para que las ovejas se hiciesen miembros suyos, se dijo de él: He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). Pero grande es la fortaleza de este cordero. ¿Quieres conocer cuánta fortaleza mostró tener? Fue crucificado el cordero y resultó vencido el león. Observa y considera con cuánto poder rige el mundo Cristo el Señor, si con su muerte venció al diablo.

Amémosle, pues; nada tengamos en mayor aprecio. ¿Acaso piensan ustedes que el Señor no nos hace la misma pregunta a nosotros? ¿Sólo Pedro mereció ser sometido a tal interrogatorio y no nosotros? Cuando se lee esa lectura, cada cristiano sufre el interrogatorio en su corazón. En consecuencia, cuando escuchas al Señor que dice: Pedro, ¿me amas?, piensa en él como en un espejo y mírate. ¿Qué era Pedro sino una figura de la Iglesia? Así, pues, cuando el Señor interrogaba a Pedro, nos interrogaba a nosotros, interrogaba a la Iglesia (Sermón 229N, 1-2).

 

REFLEXIÓN Y COMPROMISO:

ORACIÓN FINAL:

Señor Dios, danos la paz, puesto que nos has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin ocaso. Porque todo este orden hermosísimo de cosas muy buenas, terminados sus fines, pasará; y por eso se hizo en ellas mañana y tarde (Confesiones 13, 35, 50).

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